10 dic. 2014

ARTE, DIPLOMACIA Y PODER

En siglos de un arte exuberante como el Renacimiento, Barroco y Gótico, no se perdía la esencia de exhibición de poder que el arte romano y griego impregnaban en sus obras, en cualquier soporte. Poseer arte pictórico y escultórico era signo de dinero. Y eso no ha cambiado a lo largo de los siglos. 

Reyes y aristócratas utilizaban los cuadros y las esculturas como un currículum personal; y como ya he dicho, es sinónimo de poder y riqueza al fin y al cabo. Sus facciones estaban presentes en las obras, y los artistas meramente seguían indicaciones, viniesen de donde viniesen, porque en muchos casos, lo importante era comer. La figura del mecenazgo, en este sentido, era fundamental. Un intermediario entre la riqueza y la pobreza, que  daba oportunidad económica al artista.

La obra que expone el Museo del Prado de Madrid, “Las Ánimas de Bernini. Arte en Roma para la corte española” pertenece a Gian Lorenzo Bernini (Nápoles, 1598-Roma, 1680), quién dirigió el Barroco como algo más que un movimiento estético. Para él fue un modo de conducta, un desacuerdo con la austeridad. Escultor, pintor, arquitecto, escenógrafo, escritor y músico, conquistó la Roma artística, cuando ésta era capital de grandes conspiraciones y  difíciles diplomacias. 

La muestra, que recoge 39 obras tiene como piezas principales las esculturas 'Anima beata' y 'Anima dannata', y en ellas se respira las complejas relaciones artísticas, culturales y políticas entre Italia y la monarquía hispánica a lo ancho del siglo XVII, de las que Bernini, tuvo un papel muy transcendente